viernes, 18 de diciembre de 2009

Otra disquicisión


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Escribe: Harold Alva
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Me conozco. A veces eso puede ser una virtud, otra un agravante para que me excluyan de cualquier intento de romance. Leo el decálogo de Horacio Quiroga y me pregunto hasta qué punto aplicarlo es adecuado: soy un tipo que no se rige por regla alguna, mis códigos están fundados en otro tipo de lealtades. Creo en el poder de reconocerme en los ojos de alguien, creo en la furia de saber que puedo quebrarme con la humedad de los labios de M que sinuosos los llevo a todas partes. Creo en el brillo que la hace temblar cuando la abrazo. Y pienso de nuevo en el decálogo y sí: creo en un maestro como en Dios mismo, creo en esto que nos pasa, creo en este ir y venir, creo en esta seguridad para no perderla, en este miedo como quien sube a una cima inaccesible. Por eso me resisto a imitar cómo viven los otros, cómo actúan para defender su situación de ser sociable y dejo que mis ojos se abran cada vez que los cierro para sentir sus manos aferrándose a mis brazos y dudo en ese momento de mi capacidad de triunfo, pero siento que debo actuar así, con este ardor por tenerla conmigo, por despertar con su pelo al costado de mi almohada como un rito en el que noche a noche le obsequio mi corazón a sus palabras. Quiroga me habría dicho que no empiece si no sé a dónde apunto, me repetiría que las tres primeras líneas son determinantes, y yo le respondería que denuncio mi circunstancia con la autoridad del creador que sabe que a su texto le basta los ojos de M para ponerse de pie y avanzar hacia la línea de fuego desde donde la observo sin necesidad de apelar al adjetivo, al adornito cursi con el que otros se defienden para exigir un gesto afirmativo. Me conozco y sé de M incluso antes de este cuarto nacimiento, por eso la hosca actitud que me presenta como un sujeto duro, como un puñal de filos que destaja sus temores, la brisa que roza con la pasión de los dedos que no han dejado nunca de tocarla. “No escribas con el imperio de la emoción”, insiste Horacio, yo lo miro, imagino su boca abriéndose al cañón de la escopeta y escojo dejarla vivir para empezar de nuevo a la mitad de este camino y me olvido del resto, olvido la soledad, olvido la tristeza de los otros y le exijo al aire tu perfume, tu paz, tu aliento entre mis manos.

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